Lo que ocurrió en el Estado de México no debe extrañarle a nadie, ni el triunfo del Partido Revolucionario Institucional y sus satélites ni la forma en que consiguió “la mínima diferencia”.

El PRI jugó a lo que sabe, apostó a la segura y como siempre se excedió hasta los límites de su hábil uso de las lagunas legales y el poder de promoción oficial a discreción. Hizo lo que lo ha encumbrado para hacer dictaduras perfectas, es el clásico “delito legal”, la trampa se calcula con la ley en la mano. Su máxima al ejecutar las acciones electorales es algo que queda a la moral: “todo lo que no está prohibido está permitido”.

Hizo su chamba aprendida de años y años de afilar el colmillo moviendo las cosas físicamente, pero sobretodo, calculando los porcentajes para medir en qué momento las cosas le beneficiarían si suma, por un lado, el control de la pobreza que tiene a través del voto duro (que cada vez es menos), y segundo, sobretodo, haciendo una campaña para inhibir el sufragio entre el sector que nunca le daría un voto., sabiendo que: uno de los grandes aliados de las democracias débiles es el abstencionismo.

Y así salió a la cancha, con su equipo convencido, ese que tiene grandes beneficios por pertenecer al PRI, el de los líderes, las cabezas, los hombres más hábiles, moviendo gente, manipulando leyes, activando campañas de odio y de bots, su activo mayor, los líderes de sectores, su 11 ideal.

Pero, no se conformó a salir al campo de juego con la alineación que tendría un partido “tú a tú” con los contendientes, no, bajó a la cancha a toda la porra para ponerla en la defensa, activó sus huestes para moverse e incluyó a secretarios de Estado locales y federales y todos llegaron a la cancha para aportar su esfuerzo y llevar la pelota a la meta. ¿Es ilegal? No... entonces se puede.

Pero también metieron cachirules y apareció un competidor independiente por el ala derecha y también un buen tocador sacado de la izquierda perredista, excelente aliada en la hora de las reformas, que hizo lo suyo desbordando cerca del área.

Y el árbitro, claro, el árbitro juega. Y si no, no se entendería que todas las quejas eran rechazadas como cuando México se va a penales, tampoco se entendería la agilidad insólita para las instituciones mexicanas de dar resultados de conteo rápido sin medir la temperatura del momento.

Y sobretodo, sabiendo que nadie lo va a sancionar porque tiene a la Federación (de fut) como gran garante que le permitirá desarrollar su juego, el dueño del equipo que haría lo consecuente como buen jugador de pantalón largo.

Y con todo eso, les alcanzó con la mínima diferencia. Al final se llevaron el balón para después irse a una fiesta que se pasó en vivo por la TV y que sería crónicada en sólo algunos diarios con acceso privilegiado.

Suena a crítica básica, pero, en los últimos 50 años, es lo que se ha visto de forma reiterada en México.

Y si alguien habla de fraude durante la jornada electoral, que no se equivoque en intentar probarlo, porque se trató de un proceso tipo mundialista, en el que terminado el último campeonato, inició el proceso para alcanzar otro trofeo en el Estado de México, proceso que incluye cálculos, compra de jugadores, estrategias, etc. etc.

Es importante reiterar en esta síntesis político-deportiva que se trata de un priismo que ha tenido este estilo por décadas, pero que además, ha impuesto este modelo en otros partidos a través de priistas marginados que han insistido en hacer política de beneficios personales.

Eso pasó, el PRI jugó su partido, “todo lo que no está prohibido está permitido” y así, recordando a Fernando Marcos, se puede concluir en un editorial de cuatro palabras: “nos volvieron a fregar”.

Twitter: @jccortes

JUAN CARLOS CORTÉS S.


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