Generación 21 se adentra en la mirada de una fotógrafa que vive rodeada, literalmente, de abejas nativas, algunas especies conocidas como abejas sin aguijón. Las observa y retrata en los alrededores de la ciudad, donde la creciente urbanización amenaza su hábitat. Y es para preocuparse: tres cuartas partes de nuestros alimentos dependen de estos insectos.

Decenas de abejas sobrevuelan la entrada al departamento de un tercer piso. Su aspecto es diferente al de las abejas que dibujaría cualquier niño de 5 años, o a las que imaginaría cualquier adulto que ignore las más de 20 mil especies que habitan el planeta. Estas son pequeñas y negras. Moscas, diría uno a simple vista.

Entran y salen por diminutas ‘trompetas’ de cerumen que sobresalen de una docena de cajones de madera y vasijas de barro. La inquilina del departamento las observa a dos palmos de distancia. Extiende un dedo y lo acerca a ellas con la delicadeza de una niña que trata de agarrar una flor de polen sin deshojarla. Mujer y abeja se tocan.

Algo muy poderoso llevó a Diana Caballero a dedicar gran parte de su trabajo y su vida a las abejas. Digamos, a bote pronto, las miles de razones que conforman ese 80 por ciento de alimentos que dependen de su polinización; digamos, por ejemplo, los más o menos 600 años que han pasado desde que el escriba número “7” representó en un códice maya a la melipona beecheii (especie de abeja nativa), a las que observó con ojo microscópico para explicar su fisionomía. Para explicar, quizá, el origen de las especies.

Como fotógrafa de naturaleza, Diana ha llevado el retrato de estas abejas a Oaxaca, Chiapas o el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México, donde ahora se exhibe la imagen que encabeza esta crónica. Antes, las abejas la llevaron a ella hasta Campeche, la sierra norte de Puebla o Yucatán, su hábitat desde hace miles de años. Los caminos de la mujer y de la abeja, en esa línea de la historia, se cruzaron.

“Si pudiéramos observar el territorio desde el aire, veríamos franjas que se van dibujando, como ríos, como caminos, uniéndose a través de las abejas. Es como encontrar núcleos de esperanza para proteger o restaurar eso que queda de una herencia milenaria”, afirma Diana, originaria del Distrito Federal y residente en Córdoba desde hace tres años.

Desde la azotea del edificio donde vive puede verse un bulevar atascado de vehículos, varios centros comerciales, espacios salpicados de viviendas y, por fortuna, árboles y plantas que aún bordean estas casas y que posibilitan el alimento de las abejas. El cerco, sin embargo, se estrecha.

Un mundo perfecto, pero…

El Códice Trocortesiano o Códice Madrid (actualmente en la Biblioteca Nacional de la capital española), es sólo un ejemplo de la memoria maya sobre estas abejas nativas, también llamadas meliponinas o abejas sin aguijón. Las poblaciones originarias han cosechado su miel desde tiempos inmemoriales. Sólo la existencia de algunas de las 46 especies que habitan en las regiones tropicales de México están datadas en miles de años.

Diana empezó a conocer su historia hace apenas tres, cuando presenció la mudanza de una colmena de la especie “plebeias” en la selva tropical de los Tuxtlas, al sur de Veracruz. Su compañera y fundadora de INANA (Iniciativas para la Conservación de la Naturaleza), Raquel Zepeda, tomó a las crías de esa colmena con la mesura con que ahora las toma Diana. Un tacto cómplice, agradecido, quizá por las respuestas que no hubieran sido posible obtener sin las abejas. Algunas de esas respuestas eran vitales.

“Aquella imagen fue muy simbólica porque sintetizaba muchas cosas que, en el fondo, uno persigue. Es como si se detonara eso que uno está buscando desde hace mucho tiempo, que es representar el valor de una cría para cualquier especie. Todo está motivado por una preocupación por las futuras generaciones”.

Diana es diseñadora y fotógrafa. Tiene 36 años, la piel de las manos enguantada en los huesos y el pelo opacándose con canas prematuras. Tiene, diría, la semblanza de una abeja. Muestra algunas láminas fotográficas que extiende sobre la mesa de la sala de su domicilio. Es una mirada detallada (y total) sobre varias especies de abejas, algunas en el proceso de polinización, otras en el interior de las colmenas o entre las manos de los meliponicultores (personas encargadas de la crianza de abejas nativas).

Las colmenas que hay a la entrada de su departamento, dispuestas en repisas, pertenecen a la especie scaptotrigona mexicana, originarias en este caso de la sierra norte de Puebla. Allí, explica Diana, son conocidas como psil nekmej (abeja chiquita).

Tener las colmenas frente a su casa le permitió observarlas, conocerlas y retratarlas con la calma que requiere un medio de vida en perfecto equilibrio, el mismo que inspiró danzas y asociaciones divinas entre la población nahua o maya. Son espíritus, dicen los ancianos yucatecos.

Sí, un mundo en equilibrio. Decenas de estudios han confirmado que entre el 70 y el 90 por ciento de los alimentos que consume el ser humano dependen de la polinización de las abejas. Pero no sólo dependen de los frutos que llegan de la planta, explica Diana, también de las especies que nos alimentan y que a su vez dependen de otros frutos previamente polinizados. “Las abejas están en la base de la cadena alimenticia. Al estar en riesgo ellas, está en riesgo todo lo que soportan o sustentan”.

Hay abejas que dependen de una sola planta para vivir. La misma codependencia que genera cualquier relación natural de supervivencia. Cada especie, cada colmena, guarda una memoria biológica única que garantiza esta supervivencia. Cada especie tiene unos hábitos, distintas formas de anidación o reproducción, dice Diana. Cada especie está adaptada perfectamente a su ambiente. Obtienen los recursos de plantas con flor, “pero también de plantas que les proveen de resinas para su protección, aromas químicos para el amor, polen y néctar para su alimentación”.

Un mundo en equilibrio, pero…

300 mil hectáreas de bosque y selva deforestadas al año en México. Extensión de monocultivos transgénicos como la soja en las planicies de Campeche, por ejemplo, donde los meliponicultores mantienen un pulso judicial con el gobierno y los productores de esta soja, en su mayoría menonitas. Cerca del 60 por ciento de la superficie del país se emplea para el ganado. Son pastizales que han dejado atrás un eco de árboles derribados. Más de mil especies de plantas están amenazadas y su desaparición es inminente.

“Las abejas necesitan superficies de árboles y plantas para sobrevivir, para su reproducción, alimentación, anidación… En cualquier ciudad, pueblo, ranchería o comunidad, hay un desplazamiento del hábitat de estas abejas por la urbanización, y es preocupante saber que se están multiplicando las colonias (de abejas) pero no se multiplica su hábitat, sino todo lo contrario. Los recursos para las abejas están en riesgo”.

“Algo puede despertar”

¿Abejas sin aguijón? Explica Diana que sí lo conservan, pero que en algún momento este aguijón perdió su función. Sin temor, en cualquier caso, a acercarse a las decenas de abejas que sobrevuelan la entrada de su vivienda y poder sentirse inmerso en el mismo centro de su vuelo. La misma sensación, leve, muy leve, que puede sentir cualquier persona en lo más profundo de un bosque.

Las fotografías de Diana se acercan a las abejas hasta casi tocarlas (detrás de ese “casi” siempre habrá un misterio, imposible representarlo). A diferencia de un cuadro burdo de un desnudo, por ejemplo, sus fotografías no invaden la intimidad, sino que buscan una respuesta en el detalle. Un universo en una gota de agua. En esa gota hay muchas referencias, pero una flota en todas ellas. El reclamo de la vida.

“Cada especie es única. Cada individuo incluso de la misma especie es única. Cada uno tiene su tiempo, tiene sus cualidades específicas que la o lo van definiendo como la futura generación”.

Diana destapa una de las colmenas para observar su interior. No tiene nada que ver con la forma de las colmenas de celdas hexagonales y simétricas que construye la abeja europea, de la que se extrae la mayor parte de la miel que consumimos. Estas colmenas son irregulares y de aspecto cavernario, primitivo. Las abejas crean una estructura de cera para proteger a las crías y producir pequeños “cántaros o potes” donde almacenan el polen y el néctar, “graneros” que les permitirán sobrevivir en la temporada de lluvias y escasa floración.

Las colmenas están ocultas en cajas de madera y vasijas de barro de las que sobresalen “trompetas” de cera y propóleo de no más de diez centímetros. Explica Diana que este saliente está rodeado de abejas obreras en su penúltima etapa de vida, el momento en que “se encargan de custodiar o vigilar la entrada”.

Las abejas obreras abren espacio a la entrada y salida de las abejas recolectoras, que asumen esta función meses antes de morir. “Salen de la colmena todos los días muy temprano”, dice Diana, “orientadas por el sol, el aroma y seguramente por el color de las plantas”.

El estudio biológico de la melipona beecheii realizado hace más de 600 años por el escriba número “7”, está inspirado sin duda en la crianza de esta abeja y en las propiedades nutricionales y medicinales de su miel y propóleos, recolectados durante siglos por las poblaciones nativas.

Diana almacena varios tarros en la cocina, y en especial la miel que ella misma cosecha. Algunas de estas mieles todavía fermentan. Cada una tiene una coloración diferente y un gusto también diverso, la mayoría afrutadas. Explica Diana que las mieles vírgenes y los propóleos funcionan como un antibiótico natural. Se usaron (y usan) para el tratamiento de carnosidades o cataratas, mejorar las propiedades nutrimentales de la leche materna, restaurar tejidos, inhibir hongos y bacterias, fortalecer el sistema inmunológico…

Las abejas meliponas producen poca miel en comparación con la abeja europea y requiere un conocimiento que va más allá del tratamiento de las colmenas. No es un juego. La primera división (separar la colmena para crear una nueva) que realizó Diana fue un fracaso. No era el momento y la colmena murió. Su frustración fue enorme.

“Al perder una colmena se pierde la genética de esa colmena. Tiene información específica que garantiza la supervivencia de esa especie. Me sentía culpable de que hubieran muerto y pensé que nunca me iba a volver a animar”.

Conoció entonces a Lázaro, un joven de 24 años de la Sierra Norte de Puebla que nació en una familia de meliponicultores. Con él estudió, observó, fotografió, aprendió y tomó la seguridad necesaria para volver a intentarlo, esta vez con éxito. Desde entonces, la fotógrafa viaja continuamente en busca de huellas de abejas nativas, preocupada por lo que debería ser una preocupación general: la devastación de su hábitat y nuestro equilibrio. Es algo extraño, dice Diana, porque “uno cree que las busca, pero en realidad son ellas las que te encuentran”.

Quizá el encuentro no sea más que una revelación de la esencia animal de un ser humano. O tal vez ese encuentro sea una oportunidad más para redescubrir los sentidos. O quizá las abejas estén aquí para decirnos algo, si uno escucha. Diana se acerca a ellas y extiende el dedo índice. Las observa. Las toca. Se tocan. Y su mano las hace visibles a través de fotografías.

“Me hace pensar en aromas, en zumbidos, en vibraciones, diversidad, trabajo colectivo, éxito evolutivo, conocimiento cultural, memoria, legado, herencia... Incluso en esperanza. Es como si ellas tuvieran algo, algo que puede despertar y ser detonador de conciencias, de amor hacia la naturaleza, hacia el entorno”.

SAMUEL MAYO

GRUPO ARRONIZ