En pocos años estamos pasando de una sociedad profundamente religiosa, donde el cristianismo jugaba un papel decisivo en la vida de las personas y en la convivencia social, a otro estilo de vida más laico e increyente, donde lo religioso va perdiendo importancia y hasta parece que crece la inmoralidad pública

Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son muchos los creyentes que sienten malestar y sufren ante la nueva situación.

Más aún. Casi sin darnos cuenta podemos llegar a pensar que el evangelio ha perdido su anterior virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni fuerza de convicción para el hombre moderno.

Por eso se hace necesario escuchar con atención la parábola del Sembrador de Jesús. Aún en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una virtualidad poderosa para «salvar» al hombre de lo que le deshumaniza. Difícilmente encontraremos algo o a alguien que pueda dar un sentido más humano y liberador a nuestras vidas.

Es cierto que, para ejercer su fuerza liberadora, este evangelio ha de ser presentado con fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones interesadas.

Es cierto también que el evangelio exige una acogida sincera y una disponibilidad total. Y son muchos los factores que, como la riqueza, los intereses egoístas o la cobardía, pueden ahogar y anular la eficacia de la palabra de Jesús.

Pero el evangelio sigue teniendo hoy una energía humanizadora insospechada. Olvidarlo sería un error lamentable para la sociedad moderna. En cualquier caso, los creyentes hemos de recordar que no es momento de «cosechar», sino hora de sembrar con fe en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.

Durante muchos siglos, las sociedades premodernas se han ido desarrollando siguiendo la tradición. Las generaciones aprendían a vivir mirando al pasado. La tradición ofrecía un código de saberes, valores y costumbres que se transmitía de padres a hijos. La sabiduría del pasado servía para regir la vida de las personas y de la sociedad entera.

Hoy no es así. La tradición ha entrado en crisis. La sociedad moderna cambia de manera tan acelerada que el pasado apenas tiene autoridad alguna si no se ve su interés para el futuro. Se vive mirando hacia adelante. No hay por qué hacer las cosas como se han hecho siempre. Las soluciones del pasado no sirven para resolver los problemas inéditos de estos tiempos. No basta mirar a la tradición. Hay que aprender a vivir con creatividad.

No es esta, de ordinario, la actitud en la Iglesia actual. La creatividad es un concepto prácticamente ausente en el magisterio de la Iglesia; por eso han llamado la atención los documentos del Papa Francisco, aunque, precisamente por su creatividad les hacemos poco caso, por ejemplo: en relación a la evangelización, a la preparación y predicación de la homilía. Casi, casi, sólo los nombramos. Por lo general se tiende a abordar las cuestiones inspirándose en lo que nos complica menos la vida o lo que siempre hemos hecho o saber hacer. Sin embargo, una Iglesia sin creatividad es una Iglesia condenada a estancarse. Si el cristianismo es percibido como un «asunto del pasado», cada vez interesará menos. Además, ahogamos la fuerza del Espíritu cuando creemos que sólo el que manda piensa. Como si el Espíritu Santo no actuara a través de todo su Cuerpo místico, sino únicamente por unos cuantos.

Sorprende la creatividad que desarrolló la Iglesia en los primeros siglos, respondiendo con audacia a las nuevas circunstancias a las que se iba enfrentando. Impresiona, por ejemplo, su coraje para abandonar el contexto cultural y religioso del mundo judío para arraigarse en la cultura griega o latina. ¿No tenemos los cristianos de hoy un derecho a la creatividad semejante al de los cristianos de otras épocas? La parábola del sembrador nos sigue interpelando a todos: ¿qué frutos podría producir hoy la palabra de Jesús acogida con fe en nuestros corazones, empezando por el corazón de quien la anuncia?

Nuestro problema es terminar viviendo con el «corazón embotado». Entonces sucede algo inevitable. Tenemos «oídos», pero no escuchamos ningún mensaje. Tenemos «ojos», pero no miramos a Jesús. Nuestro corazón no entiende nada. Preguntémonos: ¿Cómo se siembra el evangelio en nuestras comunidades cristianas? ¿Cómo lo siembro yo?.


RENÉ CESA CANTÓN


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