A pocos días de haberse celebrado un aniversario mas del Día Internacional de la Mujer, uno se entero de que una empleada de origen asiático pudo romper sus cadenas forjadas por su madre adoptiva, dueña de un cafe de chinos situado a unos cuantos kilómetros de Xochimilco lugar en el cual, siquiera en la ficción fílmica, una mujer bella y totalmente transparente en los asuntos de su alma y de las flores que vendía, de nombre Maria Candelaria (Dolores Del Río) fue lapidada por la turba, incapaz de aceptar que la raza de bronce se convirtiera en modelos de pintores inspirados.

La historia generada de la propia vida real, nos presento a una jovencita de escasos 18 años de edad, mandada a traer a China por su irascible y tirana madre postiza, para darle un trabajo de casi 20 horas de joda diaria, apareciendo como cocinera, mesera, limpiadora de pisos, de trastes, no recibiendo un solo centavo, y ni siquiera un día de descanso, por todo lo que ofrecía de rodillas y a los pies de su tiránica patrona.

Cansada del mal trato, por fin huyo aprovechando un descuido de su jefa, cuando esta cobraba una cuenta detrás de la caja registradora de su restaurante, para huir de manera despavorida, procediendo a denunciar los hechos que la tenían ya casi muerta desde su llegada a nuestra nacíón.

Las leyes y la justicia mexicana condenaron a 18 años de prisión la esclavista hecho que le dará tiempo para meditar en algo mas que en la composición de su nuevo menú, ahora viviendo en algo parecido al infierno.

Algo símil a aquella familia compuesta por madre mártir e hijos cautivos, llevando el chirrión y el látigo un psicópata padre, que los mantuvo por cerca de 20 años prisioneros en algo muy alejado del hogar, dulce hogar, relato de la vida real llevado por el cine mexicano con el titulo de El Castillo de la Pureza realizada en el año de 1972.

Hoy por lo pronto preferimos continuar añorando los cafés chinos conocidos en la ciudad de México, sobre todo los traídos por nuestro cine con el infalible Chang Chong por delante, detrás de la brillante intervención de Don Carlos Orellana en el año de 1949.


TOMÁS SETIÉN FERNÁNDEZ


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