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Rubén Calatayud
La magia del cine

Jueves, 06 Septiembre 2012

Hace uno o dos meses vi por la televisión una película bien sencilla; trataba de un niño huérfano, adoptado por una familia y que se esmeró atendiéndolo. Fue así como lo animaron a formar parte de un equipo infantil de beisbol donde, lamentablemente, no dio el ancho. Sentado en una de las gradas vacías del parque de pelota se le acercó un señor y le dio unas clases elementales de bateo. Para mi sorpresa, ese señor de cabello cano era Joe Dimaggio, héroe del deporte de los bates que tuvo sus mejores años a fines de los treinta del siglo pasado, cuando los Yanquis de Nueva York vivían en una etapa imparable. Me agradó mucho ver a Dimaggio y seguí viendo el filme.
El menor abandonó la casa de sus adoptantes y quiso el destino que fuera a parar a un circo, cuyo empresario era un viejo panzón y de bigote, que lo acogió. Fijándome bien ese señor era nada menos que Mickey Rooney, artista que brilló a fines de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Participó en docenas de películas, fue muy popular, ganó costales de dinero y, como sucede a las estrellas de Hollywood, terminó en la ruina, haciendo unos pocos papeles secundarios, donde se requería de un actor panzón.
Rooney se casó varias veces y tuvo romances con las mujeres más bellas del cine y a lo mejor esa fue una de las causas de su ruina económica. De todas maneras, me alegró mucho ver a esos dos héroes de mis años mozos.
Antier, gracias al cronista de cine Talavera Serdán, tuve ocasión de recordar Casablanca, aquella cinta considerada por muchos como una de las mejores del cine. Siempre me pareció muy buena y podría figurar entre las primeras cincuenta de toda la historia del cine, pero nunca entre las primeras diez, como se pretende.
Un buen argumento, una bella música y los mejores actores del cine norteamericano de ese tiempo. Humphrey Bogart, que de convertido en pistolero de segunda llegó a la cúspide de su carrera, lo que le abrió las puertas para muchas otras cintas como Sahara, la Reina Africana y Querer y no querer, para mencionar sólo unas cuantas. La primera actriz de Casablanca fue nada menos que Ingrid Bergman, que estaba en la plenitud de su belleza. En segundo y tercer términos figuraron Claude Rains, protagonizando a un francés aliado de los nazis, Sidney Greenstreet, dueño en el filme de un centro nocturno que le hacía la competencia al Café de Ricks de Bogart; el inglés Conrad Veidt, como jefe nazi.
No recuerdo haber visto a Peter Lorre en su papel y siempre creí que Louis Armstrong era el negro pianista que seguí a Bogart.
Una escena me pareció impresionante: llegaron al café los alemanes y entonaron un himno teutón y a continuación los aliados cantaron la Marsellesa, uno de los más bellos himnos patrios del mundo.
Un amigo mío, que soporta mis molestias, me traerá, entre otros, el filme Casablanca. Lo comprará en la Cineteca Nacional.
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