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Rubén Calatayud Jueves, 09 Agosto 2012 Los modestos triunfos obtenidos por nuestros atletas en la Olimpiada londinense nos llena de orgullo y alegría. Comparados con el éxito logrado por los de otros países la ganancia es poca, pero considerando lo que no se pudo hacer en pasados juegos es mucho. Tiempo hubo en que los mexicanos regresaban con las manos vacías; a veces traían una medalla de bronce, así que hoy consideramos que México ha conseguido mucho y que espera todavía lograr una o varias medallas. Esto ha encendido el nacionalismo, nuestro sentimiento patrio. En el D.F. la gente ha salido a festejar ondeando la bandera nacional y con razón, porque ahora sí hay motivo para revivir algo que se ha venido perdiendo: el amor a la Patria.No sólo eso, confieso que cuando un joven guatemalteco ganó en cierta carrera una presea de plata, en una competencia donde participaron reconocidos atletas de varias naciones, sentí que mi alma se henchía de gusto porque en nuestra vecina del sur haya participado con éxito un joven bajito y delgado para arribar a la meta en un honroso segundo lugar. En sus inicios de vida independiente México territorialmente llegaba hasta Panamá; los españoles consideraron a Guatemala como una Capitanía y Cortés llegó hasta Las Hibueras para aplacar la pretendida rebeldía de Cristóbal de Olid uno de sus capitanes; pero ni por la memoria de Morelos, Hidalgo y Allende pasó Centroamérica. Panamá quedó con Colombia y los demás pueblos tuvieron sus propios héroes que les dieron libertad e independencia. Si bien el idioma nahua se extendió por el sur y permanece en el lenguaje popular de los de allá, el imperio azteca no se extendió tanto y aquella región sólo era cruzada por mercaderes que iban hasta Perú con el maíz y traían de allá la papa. Los señores meshicas, Nezahualcóyotl, Moctezuma y Cuauhtémoc, nada tuvieron que ver con el héroe Tecún Umán, que defendió con su vida lo que era suyo. En la Colonia, se sabe que Bernal Díaz del Castillo escribió en La Antigua su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Siendo Presidente, José López Portillo visitó Guatemala; estaba candente la discusión de si Belice, Independizado de la Gran Bretaña debía pertenecer a México o a aquel país vecino. López Portillo contestó inteligentemente: eso que lo decidan los beliceños, no ustedes ni nosotros. Mi satisfacción por el triunfo olímpico de un joven guatemalteco fue pensando en la gran alegría que el hecho hubo causado en la gente de esa nación hermana, ganadora por cierto de dos premios Nobel: el de la Paz por Rigoberta Menchú y el de Literatura por Miguel Angel Asturias. Sobre las fronteras que nos separan en Hispanoamérica, sobrepasan ser de la misma raza, tener el mismo idioma y la misma religión. Por ello, somos hermanos.
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