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| Gazapo y otras cosas |
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Rubén Calatayud Miércoles, 01 Agosto 2012 Queridos (y sufridos) lectores. Nuevamente hago pública mi metida de pata en la columna de ayer. En vez de escribir que la yoga y los ejercicios orientales dan elasticidad al cuerpo, asenté que “dan electricidad”, etc.Ahora seguiré con las “otras cosas” que considero de importancia. No sé por qué el gobierno estatal y las municipalidades por eterna memoria se han olvidado de dos obras básicas: los rastros y los mercados. Los primeros requieren de mucha higiene, de la que se carece no obstante que allí se mata y aliña lo que va a dar como plato fuerte a los hogares. Si los consumidores viéramos la porquería donde los matanceros trabajan todos los días, seguro que mejor comeríamos sólo vegetales. Las reses tiradas al suelo, la sangre corriendo hacia los drenajes los perros y los zopilotes al pie de los trabajadores para lanzarse en pos de algún pellejo. Durante el primer periodo presidencial del capitán Agustín García se le metió mano al rastro municipal de Córdoba. Años después (me platicó alguna vez el Ing. Saúl González, especializado en rastros) la administración de Córdoba “desapareció” una sierra de pecho de gran utilidad y costo, sin que nadie pidiera aclaraciones. Durante el trienio del Dr. Jaime Tomás Ríos Bernal y con la ayuda económica de los carniceros cordobeses se instaló un refrigerador y se hicieron trabajos de saneamiento. La idea del Cabildo era construir un rastro como el de Isla o el de Tierra Blanca, pero no se contaba con quince millones de pesos y un terreno amplio para levantar las instalaciones. Antes, se procuró acabar con una costumbre muy penosa: permitir la matanza clandestina de los cerdos sin la debida inspección de un veterinario que diera fe de la sanidad de la carne, con peligro de que el producto en venta llevara la peligrosa cisticercocis, que es mortal. Esa determinación municipal fue duramente atacada por los matanceros a domicilio, que alegaban los costos del traslado de los marranos hasta la matanza del rastro. Hoy, nuevamente y con toda razón Salubridad ha ordenado la clausura de nuestro rastro por antihigiénico y porque las aguas que allí se emplean van a dar con parte de los desechos a contaminar (¿más?) el río de San Antonio. El gobierno municipal dispuso que las reses sean llevadas para su sacrificio hasta la ciudad de Cuitláhuac -23 kms.- y los carniceros prefieren que sus animales sean sacrificados en Orizaba. De todas maneras, trasladar los animales a cualquiera de esas dos poblaciones y traer la carne significará un fuerte gasto adicional, que sumado al actual precio del producto eleva su costo al grado de que ya la clientela no va a poder pagar los precios. En las ciudades que rodean nuestro municipio la situación puede estar peor: no hay rastro donde se garantice la salud de los animales; y lo mismo pasa con los mercados, que se improvisan en terrenos donde sólo existe un techo y nada más. Para las autoridades rastros y mercados siguen en el olvido, tal vez porque su instalación o su reestructuración no son apantallantes.
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