En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga ‘¡Señor, Señor¡‘, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente.

Palabra del Señor.


Prácticamente todos se dicen creyentes en Jesucristo, muchos lo proclaman como el Señor, le cantan, le adora, pero muchas veces se quedan en eso. Jesús nos invita a ir más allá, porque el cristiano es aquel que vive en la voluntad del Padre celestial.

Y para poder vivirlo hay que mantenerse en constante intimidad con este Padre que Jesucristo nos viene a revelar, si nuestra vida no tiene espacios de contacto con el Padre a través de la oración, es imposible descubrir cual es su voluntad en nuestra vida familiar y laboral.

Cada día hay que pedirle a nuestro Padre que nos muestre cuál es su voluntad, tanto en los acontecimientos de nuestra vida cotidiana como en los acontecimientos difíciles e importantes. Porque Dios Padre se revela a los hombres a través de la historia de cada uno, y es en el silencio de la oración y la meditación comunitaria de las Sagradas Escrituras en donde alcanzamos la comprensión de los acontecimientos.

Llegarán acontecimiento difíciles como la ruina económica, la muerte de un familiar, problemas con los hijos, una enfermedad, que si tu vida no está apoyada en el señor, toda ella se derrumbará en una fuerte depresión o en una sensación de fracaso generalizado.


Germán Alpuche San Miguel

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