Parecía que todo sería fiesta, más que el casi novenario, era un jolgorio sin forma que duraba horas a un costado de lo que es temporalmente un enorme mausoleo de mármol, sin embargo, las primeras notas de “Amor eterno” tocadas por el mariachi Gama 1000 y luego la voz del tenor Fernando de la Mora, voltearon las sonrisas y apachurró los corazones de miles de personas que esperaban entrar al Palacio de Bellas Artes. El mismo Juan Gabriel había escrito el “adiós” preferido de sus fans.

Aunque las cenizas fueron depositadas en el vestíbulo principal del recinto, el afecto, admiración y homenaje está y estuvo afuera, donde la gente desbordó las principales calles de la CDMX.

Por el centro de la Alameda no hubo orden musical en lo que era fiesta durante las horas previas a la llegada de las cenizas, los temas del Divo de Juárez iban de “Querida” a “Abrázame muy fuerte”, de “No tengo dinero” a “Hasta que te conocí”, y cuando la gente más alegre estaba recordaban la muerte del Divo con “Amor eterno” y más de uno o una soltaba el llanto.

La popular manifestación estuvo vigilada por más de 2 mil policías, protegida por kilómetros de vallas metálicas y narrada por unos 300 medios nacionales y extranjeros.

Había gente de McAllen, de San Diego, de Guadalajara, Mérida, Toluca, Veracruz, de todo su “México querido” formando dos prolongadas filas, cargando flores, discos viejos y nuevos, fotografías, mensajes improvisados, poesías y canciones dedicadas.

No faltó la vendimia de pañoletas con fotos del hombre de Parácuaro, Michoacán, periódicos, revistas, pósters y discos piratas con más de 130 canciones.

Bellas Artes, que más que bellas eran vallas, fue un fuerte impenetrable con filtros policiacos innecesarios que sólo atestiguaban a hombres y mujeres, que no dejaban de presumir haber ido a un concierto, a 20 conciertos, a tener un disco autografiado, a haber dialogado con él o incluso haber cantado con él.

Entre fans “comunes”, aparecían repentinamente imitadores que hacían nudo las filas y se daban vuelo arrastrando las notas de clásicas como “El Noa Noa”, “Yo no nací para amar” o “Siempre en mi mente”.

Hubo un último momento de alegría aún sin tocar, cuando llegaron las cenizas en una carroza manejada por un Eje Central completamente bloqueado, dentro los restos de Juan Gabriel recibieron aplausos, vivas y porras antes de ingresar por uno de los accesos a Bellas Artes.

Entonces apareció el mariachi, la voz de De la Mora, “Amor eterno” y comenzó la nostalgia y a entender conscientemente que Juan Gabriel está muerto y que esto lleva a la tristeza a la que tanto le cantó; y luego, Aída Cuevas con la voz quebrada interpretó “Te lo pido por favor” y contagió su ánimo causando el enrojecimiento de ojos o el llanto inocultable de aquellos hombres y mujeres atrapados en el cancionero de Juanga.

Y luego la fila se movió y dentro del Bellas Artes, que lo había recibido con llenos totales en 1990 y 1997, nuevamente se abría para él y su música, pero sin su presencia y voz, convirtiéndose temporalmente en una urna ardiente que recibirá a sus fans hasta hoy.

Ahí, al centro del vestíbulo principal sobre una columna de piedra negra fue depositada la urna de madera que luce una Virgen de Guadalupe, las siglas de su nombre A. A. V. y un par de cifras: 1950 2016.

Amigos y colegas hicieron guardias de honor mientras la gente, calculada en unas 500 mil personas, comenzaba a desfilar lanzando una pequeña oración apenas audible, un beso o una despedida.

Afuera, el show continuaba, un mar de personas caminaba por la calle Madero y se marchaban, pero su gente, sus miles de fans, extraían los trozos más tristes de las canciones de Juan Gabriel para decirle “adiós”.


II Juan Carlos Cortés S.

Enviado especial