Ciudad de México.- Cuando comienza el alba, el terror se ha ido, los gritos han callado. Las luces de la patrulla fronteriza, exaltando la vejación y los insultos, también se han apagado. "¿¡Dónde está el 'poiero'!? ¿¡Quién es el 'poiero'!?". Y todos callábamos, mientras el vuelo de un helicóptero terminaba por calarnos los huesos. Y el frío.

Pero allí seguía el frío, la arena helada del desierto bajo mis plantas, recordando que seguía yo vivo. Porque la soledad era ahora grande. Cómo diablos es que el alba me sorprende solo, ante la belleza de un desierto que ya cuesta trabajo ver, porque la belleza, hace unas horas, era el infierno.

¿Y el niño de 4 años?

Pienso en el pequeño de 4 años. Su mirada de cordero, drogada por el hambre, el cansancio, el espanto. La mirada de un cordero al que llevan al matadero. Lo increpaba la migra, iluminando con una linterna su rostro desencajado, como buscando sacarle respuestas a un trapo.

La belleza del desierto de Arizona es cruel. Su paisaje de cactáceas. Su temperatura de morgue.

Recuerdo al chico del "refrigerador", el cuarto frío en que nos tuvieron antes de cruzar el Bravo. Había sido separado de su hermano y yo pensé en mis hermanos. ¿Qué será ser desprendido de lo único fraternal que llevas en un viaje al infierno? Que te partan en dos. Que te abran ese vacío del tamaño de un hermano en tu presente helado.

Pienso en el chico mientras miro, con el corazón bombeando, cómo los rayos del sol iluminan un residuo de pétalo, o pelusa, que divaga por el aire, esquivando los matorrales.

Qué soledad tan grande. Qué soledad la de una mochila que encuentro en la arena. La de ese zapato. ¡Cómo desearía ahora mismo mis zapatos!

¿Pero qué hago aquí y sólo? Yo tenía en la frente la punta de una ametralladora. La del agente con acento mexicano; de todos, el más cruel. Elisa, la guatemalteca, nos lo había dicho. "Es el más cruel".

¿Se llamaba Elisa? ¿Cómo se llamaban todos? Elisa había dejado a sus hijos en Centroamérica. Y Manuel era el hondureño, me parece. Y había otro chico con nombre extraño. Quizá Yónder.

Pero ¿dónde están todos?

***

La experiencia la provoca, en complicidad con Emmanuel Lubezki, Alejandro González Iñárritu, el cineasta que dejó reposar su materia para entrar en una nueva aventura: la inmersión en realidad virtual a través de Carne y arena, instalación que traslada al espectador al desierto de Arizona, haciéndolo partícipe del infierno.

El visitante estará ahí. Sentirá incluso afinidad. Angustia y horror. Pero ¿no es esto, al fin y al cabo, cine?

"No", se apresura a responder Iñárritu. Apela al rol activo que asumirá el espectador, la multisensorialidad, lejos de la audiencia pasiva-colectiva de una sala.

Cuando el espectador se ve solo en el desierto, surge esa pregunta, '¿Dónde están todos?'. Pero ¿dónde está Iñárritu tras recrear con los propios migrantes este viaje?

Me mantengo muy solidario, creo yo. Me siento un inmigrante, más allá de mis condiciones favorables, y entonces hay una empatía que quise compartir a través de fragmentos de estas vidas, de entender; si no entiendes no puedes amar. Y creo que estas personas han sido incomprendidas ante un sinfin de artículos, documentales, películas, que no llegan a penetrar en la realidad de quien es un fantasma, un apátrida y quien no tiene identidad y se le ha negado.

Ya en otras ocasiones, como en Babel, te pusiste en esos zapatos, pero es ahora que realmente te los calzas...

Pasé muchas horas con ellos, entrevistándolos. Hubo una parte un poco periodística, documental, para entender sus vidas y poder ficcionarlas, pero siempre basado y fundamentado en su verdad. Todo este proceso duró bastante tiempo... Creo que toda esa convivencia me hizo admirarlos mucho más, porque conocí sus retos y su realidad tan vulnerable, su fuerza, su esperanza; algo verdaderamente arrollador.

¿Crees que algo así le cale a un Trump?

No sabría decirlo. Creo que el narcisista y el sociópata tienen una característica: la falta de empatía, la falta de entendimiento con el otro. Por eso dudo que pueda llegar a tener un resultado.

¿Entonces a quién quieres llegar?

Me gustaría llegar a quienes no llegan a comprender esta realidad. Muchas veces los capitalinos estamos ajenos porque estamos lejos geográficamente y tenemos nuestros propios problemas. Pero también me gustaría que lo vieran en EU quienes tienen prejuicios. Sería hermoso que quienes tengan una visión superficial o manipulada por intereses políticos se pudieran dar el tiempo de poder penetrar y tomar sus conclusiones.

¿Estamos ante un Iñárritu activista?

No. Es importante aclarar que, para mí, esto siempre ha sido una instalación artística y humanista. Subordinar este trabajo a una misión política me parecería un error. Esto va más allá de lo político. Tiene que ver con una cuestión humana. Cuando se subordina el arte a una visión política, le estas cortando las alas.

Carne y arena --que tras pasar por Cannes, Milán y Los Ángeles se podrá experimentar en México-- no sólo habla del País. Hay en la pieza guiños a otras latitudes, los migrantes que cruzan el Mediterráneo hacia Europa, por ejemplo.

"Las historias son las mismas. Sus océanos son estos desiertos", zanja el cineasta, y deja en claro. "Ésta no es una obra mexicana, nacionalista, en contra de un individuo. Eso reduciría la obra. Va más allá".

Decisión racista

En su cruzada contra los migrantes, Donald Trump decidió cancelar el programa DACA, que beneficiaba y daba protección a los indocumentados que llegaron a Estados Unidos cuando eran niños, los llamados dreamers.

"Me parece detestable, me parece inhumano y cruel. Me parece injustificable, punto", responde Alejandro González Iñárritu ante la cancelación. "No creo que haya una posible forma de justificar la decisión, ni legalmente ni económicamente. No hay un solo ángulo que pueda ser justificable. Ésta es una acción racista, etnonacionalista. Un gran peligro".

Carne y arena

"Virtualmente presente, físicamente invisible" es el subtítulo de la instalación de que podrá visitarse a partir del 18 de septiembre, previa cita, en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco.

Costo: 300 pesos, con los descuentos acostumbrados.

Agencia Reforma